El verbo "traducir" proviene del latín "traducere" y significa, según su etimología, "transportar, trasladar, pasar una cosa de una parte a otra". Se usa casi exclusivamente con el sentido figurado de "pasar un escrito o tratado, de una lengua o idioma a otro". Traducir es, por tanto, pasar un escrito de la lengua original, lengua «fuente» o «lengua de salida» a otra, la «lengua meta» o «lengua de llegada».
La operación no es sencilla, porque, mientras que al trasladar algo de un sitio a otro, lo que se transporta no sufre teóricamente ninguna alteración, al traducir un enunciado de una lengua a otra, éste experimenta necesariamente transformaciones de diversa índole. Por lo común se transporta el significado, aunque no siempre en su plenitud, pero resulta imposible trasladar la forma lingüística en sus aspectos fonético y gramático-sintáctico. De ahí toma pie el proverbio italiano: traduttore, traditore (=traductor, traidor). Basta traducir este proverbio a una lengua no románica como el alemán para probar lo antes dicho.
Traducir supone cierto riesgo.
Este riesgo también ese encuentra presente cuando intentamos explicar lo que dijo otra persona.
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