No es la esquina en que nací.
Ni me recuerda nada de mi vida.
Es una esquina donde muchas personas dejan pasar la vida caminando por sus veredas, sentados en las sillas de sus bares, vendiendo artesanías, paseando a sus perros.
Charlas entre amigos, conversaciones sobre temas específicos; música, arte, política de la feria.
Mosaico de una parte de los habitantes de Buenos Aires. No faltan parejas besándose, ni de las que pasan callados con las palabras agotadas.
Hay quien toca instrumentos para el anochecer de las almas solitarias. La música como consuelo traspasa la piel y se transporta despacito hacia el interior de uno mismo.
Sola, en medio de la oscuridad de la noche, no siento miedo por un robo, a pesar de la inseguridad de la que hablan los diarios y noticieros todos los días. ¿Que podrían robarme?¿Mi alma en venta al mejor postor que no lo busca y por eso no lo encuentra?.
Ruido, de colectivos, de autos, ruido, solo ruido que aturde y no permite escuchar el silencio. Los niños que pasan son los que preguntan, los que aun no perdieron su capacidad de asombro. Ruido que tapa las palabras vacías, las palabras de los que están solos y no son dichas, ruido molesto pero también salvador, llena la esquina sin ningún sentido.
De repente ante mis ojos aparece el instrumento de viento soplando en el aire, se escucha una melodía pero nadie la toca. Es un brillo en el aire que se pierde entre las copas de los árboles, el viento se lleva el sonido y las conversaciones vuelven a llenar la escena de esta esquina.
Miradas que dicen todo o nada. No hay señales del paso del tiempo. Solo queda esperar porque esta esquina no es en la que nací ni tampoco me trae recuerdo alguno.
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